JL era un chico alto, de piel aceitunada y sedosa, ojos color miel, cabellos negros cortos y ensortijados. Sus amigos lo llamaban “Lenguas”, nunca supe por qué. Esa tarde fuimos a tomar un helado, la actividad típica de las parejitas de adolescentes cochabambinos. Bueno, yo era edolescente, tenía 14 años recién cumplidos, y él me parecía mucho mayor: ¡20 años! Precisamente en esa diferencia de edad estribaba el especial gustito de hablar con él, todo un hombre según mi punto de vista de entonces. Después del helado caminamos y caminamos, hasta que llegamos a la casa de mis abuelos, cerca del puente de Tupuraya. No se animó a besarme en la boca y yo tampoco me lancé, así que todo quedó igual, en ansia, en suspenso. Se fue y yo me quedé a dormir allí.
Al día siguiente me desperté con la novedad: mi primera menstruación. No me quedó otra que decírselo a mi abuela, pues no tenía ropa interior para cambiarme. Ella se emocionó muchísimo, “ay, Marielita, ya eres mujercita, qué bello”, me abrazó sonriente y radiante como niña con un regalito nuevo. Yo no le veía nada de bello al asunto, para colmo sin poder ponerme cómoda, tuve que aceptar un calzón de mi abuela (divertidísimo, como se podrá imaginar, ella era bastante regordeta) y salir corriendo a comprar unas horrendas tohallas higiénicas (en esos tiempos había casi sólo Daliah, prácticamente ladrillos). Esa fue la puesta en marcha de mi motor reproductivo.
La primera vez que fui al colegio con menstruación me sentía como un extraterrestre y miraba a todas las chicas que pasaban escrutinando cada milímetro para adivinar cuál sí y cuál no tenía la famosa regla. No fue una novedad en sentido estricto, pues los detalles “técnicos” los conocía desde muy pequeña y me eran familiares. Lo que sí me sacudió fue el hecho de tener una prueba fehaciente de mi feminidad, un indicio tangible e innegable. De niña yo amaba vestir pantalones, treparme a los árboles, sentarme con las piernas abiertas aunque estuviera con vestido, usar zapatos deportivos en vez de los incomodísimos charoles… En fin, envidiaba a los niños que en la hora de Manualidades iban al taller de carpintería mientras las nenas nos quedábamos a bordar flores en un juego de servilletas (tal era mi amor por ese tipo de labor que recuerdo haber elegido una combinación de colores de lo más deprimente: tela gris y flores moradas). Con la menstruación ya no podía hacerme a la loca: yo era una mujer, tenía que convivir con ello y adaptarme o rebelarme, pero partiendo de un hecho, no de conjeturas.
Al inicio los ciclos fueron sumamente irregulares, pasaban hasta 3 meses de clemencia ininterrumpida. Con el pasar del tiempo los intervalos se redujeron pero no se regulizaron, cosa que complicó mi relación con mis entrañas. Finalmente, hacia los 19 años, conocí la dicha: las píldoras anticonceptivas. Regularidad férrea, más puntual que reloj suizo, todo un éxtasis fisiológico. Cuando dejé de tomarlas para hacer descansar a mi cuerpo se me desbarajustó todo de nuevo. Sólo a mis 24 años, cuando me vine a Italia, me ablandé y me amé un poquito más. Llevaba 4 meses de atraso y estaba en pánico absoluto, con las ideas más absurdas en la cabeza. Por primera vez me alegré de que me volviera las menstruación y la viví como algo mío, parte de mi vida y no una intrusión.
Hoy volvió otra vez. ¿Cómo? Bueno, en los últimos 4 años, desde enero del 2003, he tenido 2 partos y 1 menstruación. Muy cómodo, por cierto, pero también muy raro. ¡Con lo que me había costado acostumbrarme a la idea! Creo que esta sequía me supuso un notable endurecimiento emotivo, o será sólo una excusa, quién sabe.
Regresó el dolor, con mucho dolor. Comenzó hace unos días, tuve hasta náuseas, lo cual me hizo sospechar un embarazo y hacerme un test de inmediato. Negativo, claro. Ahora, yo me pregunto, ¿el que escribió eso de “parirás con dolor”, no había oído hablar de menstruaciones? El parto es doloroso, faltaría más, pero es un sufrimiento que queda prácticamente borrado por la felicidad de tener un hijo. La menstruación duele menos, pero dura más y no deja nada, excepto absorbentes en los basureros. Bueno, no es cierto, es parte de un sistema que incluye hormonas y otras hierbas. Parece evidente que tendré que reacercarme a mí con ternura y paciencia.
Al final con el chico, Lenguas, no pasó nada. Un año después lo busqué para confesarme con él, andaba muy deprimida, y descubrí que se había vuelto evangélico o algo por el estilo (me dijo que Dios era la respuesta, sin importar la pregunta). No volví a gustarlo. Digo, buscarlo. Años después lo encontré en la universidad y me invitó a una charla de su agrupación (no sé bien cómo llamarla). Yo estaba en una etapa de apertura y experimentación (daba lo mismo que fuera marihuana o un grupillo religioso), así que fui. Y me escapé del lugar apenas pude.
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